Mientras masajeaba las piernas de mi cliente en su dormitorio de Marbella, varios cabellos quedaron en mis dedos y vi extrañas líneas blancas en sus uñas; su médico sonreía junto a una bolsa de suero mientras él apenas soportaba el ardor. Después escuché: «Solo necesitábamos tiempo: una enfermedad larga, nada escandaloso». Guardé una muestra y llamé a toxicología. Entonces encontré 2 tarros idénticos de crema. –

Adrián tomó una decisión.

Mandó guardar el suero y salió discretamente con Lucía y Tomás hacia un hospital privado de Málaga donde trabajaba Inés Robles, antigua compañera de su padre y especialista en toxicología.

Horas después llegó el resultado.

Había presencia elevada de talio.

El tratamiento comenzó inmediatamente.

Adrián permaneció mirando el informe como si alguien hubiera borrado de golpe todas sus certezas.

—¿Cuánto tiempo?

—Probablemente varias semanas —respondió Inés—. Tal vez más.

Pero llegó una sorpresa todavía mayor.

Analizaron el suero de Cifuentes.

Estaba limpio.

Vitaminas, minerales y nada más.

Adrián miró a Lucía.

Por primera vez apareció duda en sus ojos.

Si Cifuentes no estaba administrando la sustancia mediante aquel suero, ¿de dónde procedía?

Regresaron a la villa.

Por seguridad, Adrián pidió a Lucía que permaneciera allí esa noche.

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