Durante la cena conoció a Claudia Aranda, su prometida, hija de una familia propietaria de una importante compañía portuaria.
Claudia era elegante, distante y visiblemente infeliz.
Cuando hizo un comentario cruel sobre el aspecto de Lucía, Adrián la detuvo delante de todos.
—Esa mujer posiblemente me haya salvado la vida. En esta mesa la vas a tratar con respeto.
Claudia calló.
Aquella defensa desconcertó a Lucía más que el insulto.
De madrugada, incapaz de dormir, salió al balcón.
Desde la terraza inferior escuchó llorar a Claudia mientras hablaba por teléfono.
—Papá, quiero marcharme —decía—. Ya no aguanto este ardor en los pies.
Lucía dejó de respirar.
Entonces Claudia añadió algo todavía peor.
—Esta tarde se me cayó un mechón entero de pelo.
Lucía miró hacia la habitación de Adrián.
2 personas.
La misma casa.
Los mismos síntomas.