—¿Nunca volvió a verla? —preguntó Mariana.
Arturo negó lentamente.
—No.
Años después, él se casó.
Tuvo hijos.
Construyó su empresa.
Elena también formó su propia vida.
Arturo nunca intentó interferir.
Pero jamás olvidó aquellos meses.
Después de quedar viudo, muchos años más tarde, comenzó a pensar en ciertos lugares del pasado.
Calles.
Parques.
Pequeños cafés que probablemente ya no existían.
Aquella tarde había caminado por la zona donde alguna vez compró decenas de cuadernos solo para poder hablar con una joven detrás de un mostrador.
—¿Por eso entró aquí?
Arturo asintió.
—Antes había un pequeño restaurante cerca. Elena y yo comimos ahí una vez porque era lo único que podíamos pagar.
Soltó una risa.
—Compartimos un plato.
Mariana miró el elegante salón que los rodeaba.
—Supongo que esto era muy diferente.
—Completamente.
La comida llegó.