Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

No había olor.

Ni manchas.

Ni señales de descomposición.

Mariana se acercó lentamente y tocó la mano de la figura más próxima.

Estaba fría.

Pero no era piel.

—¿Mamá? —gritó Mateo desde la puerta—. ¿Qué encontraste?

—¡No entren!

Demasiado tarde.

Diego apareció detrás de él y observó el interior.

—Mamá… esos no son muertos.

Sacó una de las figuras con cuidado.

Era una muñeca de tamaño natural.

El rostro estaba trabajado con tal perfección que podían distinguirse pequeñas líneas alrededor de los ojos, pestañas colocadas una por una y hasta diminutas venas pintadas en las manos.

Después encontraron más.

Muñecas vestidas como mujeres del Porfiriato, un anciano con traje oscuro, una niña con vestido bordado, personajes indígenas y varios títeres guardados dentro de cajas.

Renata quedó fascinada.

—¡Podemos hacer teatro!

—No sabemos de quién son —respondió Mariana—. Nadie toca nada hasta averiguarlo.

Aquella noche comenzó a investigar.

Fotografió discretamente algunas piezas y buscó información en internet. Después de horas encontró una coincidencia.

Un artesano poblano llamado Rafael Montenegro había creado durante décadas muñecas de autor que aparecían en exposiciones privadas, museos regionales y colecciones internacionales.

Mariana encontró su página.

Le escribió sin mencionar de inmediato el armario.

“Buenas noches, maestro. He visto algunas de sus obras y quisiera preguntarle algo sobre una colección antigua.”

La respuesta llegó esa misma noche.

Rafael tenía setenta años.

Después de intercambiar varios mensajes, comenzó a contarle una historia extraña.

Su primera esposa, Lucía, había muerto décadas atrás en un accidente. Habían perdido también a su única hija siendo muy pequeña. Rafael convirtió el dolor en arte. Algunas de sus muñecas tenían gestos, peinados o expresiones inspiradas en ambas.

Años después se casó nuevamente con Cecilia.

—Ella decía que yo vivía con fantasmas —le confesó—. Juraba que cada muñeca era otra forma de traer a Lucía de regreso.

Cecilia comenzó a destruir algunas piezas.

Rafael siguió trabajando.

Entonces enfermó.

Mientras permanecía hospitalizado durante varias semanas, desaparecieron de su taller un armario antiguo y una de sus colecciones más importantes.

Cecilia aseguró que habían entrado ladrones.

Rafael nunca le creyó.

Meses después ella lo abandonó.

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