Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

—Pagué anuncios, pregunté en mercados de antigüedades, contacté coleccionistas —escribió—. Nunca encontré nada.

Mariana permaneció un momento frente a la pantalla.

Después respiró profundamente.

—Maestro… creo que yo sé dónde están.

Rafael llegó a Huejotzingo al día siguiente.

Cuando Mariana abrió el armario, el hombre se quedó completamente inmóvil.

Luego tocó el rostro de una de las muñecas con manos temblorosas.

—Lucía…

Mariana comprendió inmediatamente.

Aquella figura llevaba parte del rostro de la mujer que él había amado.

Rafael comenzó a llorar.

No de tristeza.

De alivio.

—Pensé que las habían destruido.

Sacó una muñeca tras otra, revisándolas como un padre que encuentra a sus hijos después de años.

Después abrió su cartera.

—Dígame cuánto quiere.

—Nada.

—Estas piezas valen muchísimo dinero.

—Precisamente por eso no son mías.

Rafael la miró sorprendido.

—Usted no sabe lo que acaba de devolverme.

—Sí lo sé. Algo que ama.

Antes de irse, el maestro volvió a observar los muebles que Mariana había reparado.

Una silla rescatada del tianguis.

Una mesa lijada y pintada por ella.

Un baúl viejo convertido en banca.

—¿Quién restauró todo esto?

—Yo.

Rafael sonrió por primera vez.

—Entonces usted no encontró mis muñecas por casualidad.

Sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó.

—El sábado comienzo un pequeño taller. Venga.

Mariana pensó que aquello sería el final de la historia.

Pero esa misma noche recibió un mensaje de un número que conocía demasiado bien.

Era doña Beatriz.

Su suegra no le había hablado desde que la echó de casa.

El mensaje tenía únicamente una fotografía.

Era Mariana frente al armario, publicada por Rafael en sus redes sociales agradeciendo públicamente que hubiera recuperado una colección valuada en una cantidad que Mariana jamás había imaginado.

Debajo, doña Beatriz había escrito:

“Espero que no pienses quedarte con algo que debería pertenecer a la familia de mi hijo. Mañana voy a verte.”

Mariana leyó el mensaje dos veces.

Y comprendió que el verdadero problema apenas comenzaba.

PARTE 3

Doña Beatriz llegó a las diez de la mañana.

No tocó una vez.

Golpeó la puerta cuatro veces seguidas como si todavía pudiera entrar en la vida de Mariana sin pedir permiso.

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