Yo había creído que estaba salvando a Nube.
Pero en realidad lo había separado del único hogar que todavía entendía.
Eso es algo que los animales enseñan sin decir una sola palabra.
A ellos no les importa lo que parezca lógico en un papel. No les importa que la cama sea nueva, que el cuenco esté lleno o que la casa sea tranquila y segura.
A veces la seguridad no es un sitio.
A veces la seguridad es otro corazón latiendo cerca.
Pregunté si podía adoptar también a Sol.
Me dijeron que sí.
Compré otro cuenco, más arena y otra camita que, por supuesto, jamás usaron.
Porque desde la primera noche durmieron juntos.
Esa noche, Nube comió un plato entero por primera vez.
Sol comió a su lado.
Después se subieron a mi viejo sofá marrón y se hicieron una bola de pelo. Sol apoyó la cabeza sobre la espalda de Nube. La cola de Nube quedó sobre las patas de Sol.