Quería saber qué había hecho con aquella autoridad.
Los primeros resultados llegaron dos días después.
Y fueron peores de lo que esperaba.
Había descuentos salariales que yo jamás había autorizado.
Cargos por alojamiento que algunos trabajadores creían obligatorios.
Horas extras registradas de manera inconsistente.
Pequeñas cantidades.
Siempre pequeñas.
Lo bastante pequeñas para pasar desapercibidas individualmente.
Lo bastante grandes para convertirse en mucho dinero durante años.
—¿Dónde terminaban esos fondos? —pregunté.
La auditora negó con la cabeza.
—Todavía estamos siguiendo los registros. No podemos concluir nada hasta terminar.
Aquella prudencia me gustó.
Yo no quería una cacería.
Quería hechos.
Entonces apareció el segundo giro.
Rosa pidió hablar conmigo.
Entró todavía débil, con Nora de la mano.
—Tengo algo.
Sacó una carpeta vieja.
Dentro había recibos.
—El señor Harland nos cobra una cuota mensual.