—¿Es una orden? —preguntó.
—No.
—¿Una deuda?
—No.
—¿Vas a despedirme si digo que no?
—Ya no trabajas para mí.
Sonrió.
—Entonces ahora sí puedo responder.
Esperé.
—Sí.
Sofía apareció desde el pasillo.
—¡Yo también voy!
Cerré los ojos.
María empezó a reír.
—Parece que tienes acompañante.
—Esto arruina completamente mi reputación.
—¿Qué reputación?
—La de hombre aterrador.
Sofía tomó mi mano.
—Usted no da miedo.
Y aquella fue, probablemente, la peor noticia que mi antiguo yo habría podido recibir.
También fue la mejor.
Nunca olvidé a Samuel.
Su nombre quedó ligado a reformas reales en las empresas que todavía conservé.
No como propaganda.
Como recordatorio.
María nunca me permitió convertir su esposo muerto en una historia sobre mi redención.
Era su historia.
La de Sofía.
Yo solo había llegado tarde a la verdad.
Pero llegué.