Regresé por mi pasaporte y escuché a mi madre gritar: “¡no me pegues más!” Mi prometida perfecta, el ángel con el que iba a casarme, la tenía tirada en la cocina con el bastón roto. Cuando abrí su carpeta blanca entendí que quería matarla para quedarse con todo.

—Ya pasó, mijo. No le guardes rencor. Ella no tuvo una madre que le enseñara a respetar.

Lloré como no había llorado desde que era niño y vendía dulces. Le pedí perdón por cada vez que no le creí, por cada vez que elegí a Valeria sobre ella, por cada “ay, ma, estás exagerando”.

Cancelé la boda. Cancelé el vuelo a Monterrey y perdí el contrato. No me importó. El Lic. Fuentes me ayudó a revertir lo de las pólizas y a meter una denuncia formal por fraude. La casa de descanso de Querétaro llamó para confirmar el ingreso. Les dije que la que iba a necesitar descanso iba a ser otra, pero en el reclusorio.

Hoy, seis meses después, mi madre sigue viviendo conmigo. Le puse una enfermera de día, no porque la necesite, sino para que tenga con quién platicar y jugar lotería mientras yo trabajo. Volvimos a poner su radiecito con José José. El limonero del patio ya dio limones. Y yo entendí algo que se me había olvidado entre tanto contrato y tanta oficina bonita.

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