Ximena apareció en el umbral. Miró la silla ergonómica, el monitor y los anaqueles.
—Ricardo me dijo que casi no usabas este cuarto —soltó.
—Trabajo aquí todos los días.
—Dijo que podías hacerlo desde el comedor.
Ricardo se quedó callado. Hasta entonces, al menos había discutido por su cuenta; ahora dejaba que ella repitiera sus mentiras una por una.
Le entregué la carpeta de comprobantes a Fernanda.
—También le dijiste que yo cuidaría al bebé —le dije a Ricardo—. ¿Algo más de mi vida ya repartiste?
—Pensé que la ayudarías —murmuró.
—Nunca me lo pediste.
Ximena bajó la vista hacia el bolso de pañales. Ninguno de los dos volvió a hablar de mi disposición a ayudar.
Fernanda cotejó fechas y cantidades sin sentarse. Me señaló dos transferencias con la punta del bolígrafo.
—Éstas salieron después de la firma del acuerdo.