Ricardo Prometió Mi Oficina por Seis Meses. Su Firma Terminó Costándole la Casa.

—¿Íbamos?

—Somos esposos, Mariana. Lo que hago es para los dos.

Recordé el día en que abrimos aquella cuenta. Habíamos ido al banco después de comer tortas ahogadas y Ricardo insistió en que depositáramos ahí lo que aportábamos para los gastos de la casa. A mí me pareció una forma sencilla de organizarnos. Con el tiempo también entraron ahorros, pagos que yo cobraba por proyectos y dinero que él decía reservar para el futuro. No habíamos acordado financiar un negocio ajeno.

—Tú sabías que la empresa era de Ximena —dije—. Yo ni siquiera sabía que existía.

No respondió. El bebé lloró afuera, un llanto breve, todavía somnoliento, y Guadalupe comenzó a arrullarlo.

Fernanda abrió la puerta corrediza.

—Mariana, ¿podemos ver los comprobantes que imprimiste?

Los tenía en mi oficina. Fui por ellos con Ricardo detrás. La habitación olía a papel y al café que había dejado a medias esa mañana. Sobre el escritorio seguía abierta una hoja de cálculo. En la pared había una marca más clara donde antes colgaba un pizarrón que había quitado para pintar.

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