Ricardo Prometió Mi Oficina por Seis Meses. Su Firma Terminó Costándole la Casa.

—Hablas igual que Fernanda —dijo.

—Entonces entendiste lo que te pedí.

Metió unas cosas en una maleta pequeña. Antes de salir, miró hacia el pasillo que llevaba al cuarto de visitas. La puerta estaba abierta y las sábanas seguían puestas. No las había usado nadie.

La mañana siguiente pude tomar café sin escuchar si se abría la puerta del dormitorio. No fue alivio completo. La mesa seguía llena de estados bancarios y la casa seguía figurando donde no debía. Pero cuando comencé a trabajar, no tuve que preguntarme quién iba a disponer de mi oficina ese día.

El viernes, Fernanda nos citó a Ricardo, Ximena y a mí. Propuso una reunión breve: revisar las correcciones de domicilio, dejar claras las posiciones de cada quien respecto al dinero y evitar que Ricardo siguiera dando instrucciones en mi nombre. Guadalupe esperaría con el bebé cerca del despacho; Ximena había dicho que no tenía con quién dejarlo más tiempo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *