Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

—Tu supuesto accidente laboral no ocurrió trabajando.

Valeria tragó saliva.

—Sí ocurrió.

—No.

Puse sobre la mesa una factura.

—Tres días antes te sometiste a un procedimiento estético en una clínica privada. Hubo una complicación. Después presentaste un certificado afirmando que la lesión se produjo por agotamiento y exposición prolongada a pantallas durante un proyecto de la empresa.

Valeria dio un paso hacia atrás.

—Eso es información médica privada.

—La investigación financiera encontró que la clínica fue pagada con una tarjeta corporativa y registrada como “servicios de consultoría”.

Ahora Rodrigo sí la miró.

—¿Te operaste?

Valeria empezó a hablar demasiado rápido.

—Era un procedimiento pequeño. El médico dijo que no habría problema. Después se complicó y yo…

—¿Y me dijiste que habías dañado el ojo trabajando por la empresa?

—Tenía miedo.

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