Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

Rodrigo soltó una risa vacía.

Durante años había preferido creerle a ella antes que a mí.

Aquella mañana tampoco me produjo satisfacción verlo descubrir quién era Valeria.

Sofía seguía muerta.

Nada de aquello podía cambiarlo.

Cerré la carpeta.

—Mis abogados se pondrán en contacto con ustedes. La auditoría completa será entregada a los socios y, donde corresponda, a las autoridades. Yo no voy a discutir más.

Rodrigo me siguió cuando caminé hacia la salida.

—Mariana.

No me detuve.

—¡Mariana!

Llegó hasta mí y me sujetó del brazo.

Lo miré.

Inmediatamente me soltó.

—No puedes irte así.

—Me fui de este matrimonio hace tres horas, cuando cerraron los ojos de Sofía.

—Yo soy su padre.

—Biológicamente.

Eso lo hizo retroceder.

—No digas eso.

—¿Cuántas veces la llevaste al cardiólogo?

Silencio.

—¿Cuál era el nombre de su medicamento?

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