No respondió.
—¿Qué caricatura le gustaba?
Nada.
—¿De qué color era su cobija favorita?
Rodrigo bajó la mirada.
—¿Sabes cuál fue la última palabra que dijo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mariana…
—Dijo “mamá”.
Me alejé.
No volteé.
Horas después recibí la urna de Sofía.
Era pequeña, rosa pálido, con una flor blanca grabada.
Cuando el empleado de la funeraria me la entregó casi se me cayó de las manos.
Pesaba tan poco.
Tres años y cuatro meses convertidos en algo que podía sostener con una sola mano.
—Vámonos a casa, mi amor —susurré.
Pero esta vez “casa” ya no significaba la residencia de Rodrigo.
Tomás me llevó a la antigua casa de mi padre en Las Lomas.
Mi padre esperaba junto a la puerta.
Cuando me vio bajar con la urna entre los brazos dejó de ser el empresario al que media ciudad trataba con cuidado.