Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

Solo era un abuelo.

Caminó hacia mí.

Miró la pequeña caja.

Y lloró.

Yo llevaba casi dos días sin poder hacerlo.

Pero al verlo inclinar la cabeza sobre la urna de Sofía, algo dentro de mí finalmente cedió.

—Perdóname, papá.

Él me abrazó.

—No.

—Tenías razón sobre Rodrigo.

—No me importa tener razón.

—Yo te alejé.

—Y yo debí buscar otra manera de llegar hasta ti.

Lloramos en la entrada.

No por Rodrigo.

Por los años.

Por el orgullo.

Por una niña que había nacido dentro de una guerra familiar que nunca debió pagar.

A la mañana siguiente fui a la reunión extraordinaria del consejo de Grupo Cárdenas.

No llevaba ropa negra.

Me puse un traje rojo.

Rodrigo llegó veinte minutos tarde.

Parecía no haber dormido.

Valeria no apareció.

Frente a banqueros, socios y abogados, el representante del fondo explicó que se suspendía el financiamiento del proyecto más importante del grupo hasta concluir la investigación.

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