Mi padre me había contestado:
—Ese hombre no te ama. Ama lo que tu apellido puede abrirle.
Yo me marché de su casa con una maleta.
Nunca volví.
Hasta aquella madrugada.
Marqué.
Contestó al primer tono.
—¿Mariana?
La voz de Ignacio Salgado seguía siendo firme, aunque ahora sonaba más vieja.
Intenté hablar.
No pude.
Miré la almohada de Sofía.
—Papá… ven por mí.
Hubo un silencio.
—¿Y mi nieta?
Cerré los ojos.
—Sofía ya no está.
Escuché a mi padre contener la respiración.
Esperé reproches.
No llegaron.
Solo preguntó:
—¿Qué necesitas?
Miré hacia la puerta de la morgue.
—Quiero salir de aquí.
—Voy por ti.
Antes de colgar añadió:
—Mariana, dime una cosa. ¿Qué hizo Rodrigo?
Entonces comprendí que mi padre no me estaba preguntando por curiosidad.
Le conté del medicamento.
Del pago retenido.
De Valeria.
De las llamadas ignoradas.
Y de la absurda petición de Rodrigo sobre las córneas de Sofía.