Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

—Don Ignacio dijo que primero la llevara a casa.

—No.

Tomás me miró por el espejo.

—Llévame a Grupo Cárdenas.

Vaciló apenas un instante.

—Como usted diga.

Durante el trayecto, mi teléfono recibió un archivo enviado por mi padre.

Lo abrí.

Y entonces entendí lo que significaba “expediente Cárdenas”.

Mi padre llevaba casi tres años reuniendo información.

No porque planeara destruir a Rodrigo.

Porque nunca confió en él.

Grupo Cárdenas había crecido gracias a créditos, contactos y fondos de inversión en los que la familia Salgado había tenido una participación decisiva.

Después de que yo corté relación con mi padre, él se negó a intervenir en mi matrimonio, pero ordenó vigilar su dinero.

Y los números eran devastadores.

Viajes personales cargados como reuniones internacionales.

Departamentos rentados para ejecutivos inexistentes.

Relojes.

Joyas.

Hoteles.

Restaurantes.

Transferencias a sociedades relacionadas con Valeria Cortés.

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