Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

Pero una operación me dejó sin aire.

La tarde anterior, mientras yo llamaba desesperada desde terapia intensiva, Valeria había autorizado novecientos cuarenta mil pesos del presupuesto corporativo para una celebración privada, ropa de diseñador y un par de mancuernillas de edición limitada para Rodrigo.

Diecinueve minutos después había rechazado por tercera vez los ciento ochenta mil pesos destinados al medicamento de Sofía.

Motivo:

“Gasto familiar extraordinario fuera del presupuesto autorizado.”

Seguí leyendo.

Había algo peor.

Valeria había recibido personalmente la alerta de la farmacéutica:

“Paciente pediátrica en riesgo. Suspensión del tratamiento superior a 48 horas puede comprometer la vida.”

Ella la abrió.

La leyó.

Y respondió:

“Esperar autorización de dirección general.”

La dirección general era Rodrigo.

Nunca respondió.

Cerré el documento.

—Tomás… ¿dónde están ahora?

—En el piso treinta y ocho. Hay una celebración para la licenciada Cortés.

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