Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

—¿Celebración?

—Cerraron un contrato importante con un grupo hotelero. Según la invitación interna, Rodrigo planeaba reconocer públicamente “la entrega y sacrificio” de la licenciada.

Miré por la ventana.

Sofía llevaba menos de seis horas muerta.

Y su padre estaba brindando.

Al llegar a Santa Fe, Tomás abrió la cajuela y sacó una funda negra.

—Su padre pidió que le entregara esto.

Dentro había un traje sastre color negro, zapatos de tacón y una carpeta.

Me cambié en un baño privado del edificio.

Cuando salí, apenas reconocí a la mujer del espejo.

Durante años había usado pants, tenis y sudaderas porque prácticamente vivía entre consultas y hospitales.

Ahora tenía el rostro pálido y ojeroso.

Pero mi mirada había cambiado.

Subí al elevador.

Cuando llegué al piso treinta y ocho escuché aplausos.

Las puertas del salón estaban abiertas.

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