Salí de prisión después de 5 años y mi yerno me esperaba junto a su coche de lujo, dejando caer billetes delante de mí como si yo no valiera nada. «Toma 100.000 euros y desaparece.» No recogí ni uno: fui directamente a buscar una vieja caja que había ocultado antes de mi condena. Dentro encontré la escritura del terreno sobre el que había levantado su imperio.

Un año después de salir de prisión, Mateo y Clara comieron juntos en un pequeño restaurante de Chamberí.

Nada de coches de lujo.

Nada de salones privados.

Nada de personas intentando impresionarlos.

Clara llegó riéndose porque su padre había vuelto a olvidar las gafas.

—Cada vez eres más despistado.

—No empieces. Ya tuve suficiente gente diciendo que perdía la memoria.

Los 2 quedaron en silencio.

Después se rieron.

Antes de terminar, un hombre de unos 50 años se acercó a la mesa.

—Perdone… ¿usted es Mateo Rivas?

Mateo asintió.

—Trabajé 14 años en su empresa. Parte de mis ahorros estaba en uno de los fondos afectados. La semana pasada recuperamos el último pago pendiente.

Mateo se levantó y le estrechó la mano.

—Ese dinero nunca fue un regalo. Era suyo.

El hombre se marchó.

Clara observó a su padre.

—Cuando era pequeña pensaba que eras importante porque construías edificios enormes.

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