Mateo sonrió.
—¿Y ahora?
Clara le tomó la mano.
—Ahora sé que eras importante porque nunca necesitaste pisar a nadie para levantarlos.
Mateo miró por la ventana.
Tenía 72 años.
Había perdido 5 años de libertad.
Había perdido amigos, dinero y una parte de su salud.
Nunca podría recuperar todo.
Pero tenía delante a su hija.
Tenía su nombre limpio.
Y, sobre todo, había aprendido algo que ningún tribunal podía devolverle porque nunca había llegado a quitárselo.
La dignidad no estaba en la empresa.
No estaba en una torre de 300 millones.
Ni siquiera estaba en ganar.
Estaba en haber salido de prisión con las manos vacías y negarse a aceptar los 100.000 euros que pretendían comprar su silencio.
Álvaro había cometido un error desde el principio.
Pensó que después de quitarle la empresa, la libertad y 5 años de vida, Mateo ya no tendría nada con lo que defenderse.