“Si no te gusta que te llamemos cerda, vete; esta casa ya es de mi hijo”, dijo mi suegra delante de todos. Después de 3 años de aguantar, saqué mi teléfono pero no llamé a nadie. Justo entonces golpearon la puerta. El hombre que entró dejó una carpeta sobre la mesa y preguntó por qué mi esposo había preparado el fraude cinco meses antes de nuestra boda.

—Yo mejor me voy —murmuró uno.

En menos de dos minutos, los invitados desaparecieron.

Rodrigo empezó a caminar de un lado a otro.

—Todo esto es una estupidez. Esa grabación no vale nada.

—Eso lo decidirán los abogados y la autoridad competente —dijo Santiago—. Lo que tú necesitas decidir esta noche es si vas a seguir provocando problemas.

Mariana miró a Teresa.

Luego a Karla.

Después a Rodrigo.

Por primera vez no parecían gigantes.

Eran solamente tres personas asustadas.

Tres personas que habían necesitado destruir su autoestima para mantenerla obediente.

—Quiero que se vayan —dijo.

Rodrigo soltó una carcajada.

—¿Qué?

—Quiero que saquen sus cosas personales y se vayan.

—Tú no decides.

—Sí decido.

Su voz no tembló.

—Durante años me hicieron creer que no podía vivir sin ustedes. Hoy entiendo que ustedes eran quienes no podían vivir sin mí.

Karla palideció.

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