“Si no te gusta que te llamemos cerda, vete; esta casa ya es de mi hijo”, dijo mi suegra delante de todos. Después de 3 años de aguantar, saqué mi teléfono pero no llamé a nadie. Justo entonces golpearon la puerta. El hombre que entró dejó una carpeta sobre la mesa y preguntó por qué mi esposo había preparado el fraude cinco meses antes de nuestra boda.

Había sido engañada para firmar una transmisión de propiedad que jamás habría aceptado conscientemente.

Consultó a un abogado, pero demostrar que su consentimiento había sido obtenido mediante engaños sería complicado.

Y Rodrigo lo sabía.

Desde entonces, Mariana dejó de discutir.

Trabajaba todo el día como auxiliar contable y, al volver, cocinaba, limpiaba y atendía a tres adultos que la trataban como empleada.

Aquella noche, sentada en una esquina de su propia mesa, escuchó otra carcajada.

—Por cierto —dijo Karla—, mañana cumple treinta años.

Rodrigo alzó su vaso.

—Treinta y ya parece de cincuenta.

Todos volvieron a reír.

Mariana bajó la mirada.

A medianoche salió al pequeño balcón donde tantas veces había llorado sin hacer ruido.

Miró las luces de la ciudad.

—¿Dónde estás, Santi? —susurró—. Tenías razón. Perdóname.

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