Había sido engañada para firmar una transmisión de propiedad que jamás habría aceptado conscientemente.
Consultó a un abogado, pero demostrar que su consentimiento había sido obtenido mediante engaños sería complicado.
Y Rodrigo lo sabía.
Desde entonces, Mariana dejó de discutir.
Trabajaba todo el día como auxiliar contable y, al volver, cocinaba, limpiaba y atendía a tres adultos que la trataban como empleada.
Aquella noche, sentada en una esquina de su propia mesa, escuchó otra carcajada.
—Por cierto —dijo Karla—, mañana cumple treinta años.
Rodrigo alzó su vaso.
—Treinta y ya parece de cincuenta.
Todos volvieron a reír.
Mariana bajó la mirada.
A medianoche salió al pequeño balcón donde tantas veces había llorado sin hacer ruido.
Miró las luces de la ciudad.
—¿Dónde estás, Santi? —susurró—. Tenías razón. Perdóname.