La azafata me pidió que me quedara sentada mientras los demás bajaban. Cuando la cabina quedó vacía, la puerta de la cabina de mando se abrió. Salió un hombre y se me cayó el vaso. No era Tomás, pero tenía sus ojos y la forma exacta de su sonrisa.
El nieto del piloto
—Soy Daniel —dijo con voz temblorosa—. Soy el capitán de este vuelo y el nieto de Tomás. Mi abuelo está vivo.
No recuerdo cómo llegué hasta el asiento del pasillo. Daniel me contó lo que su abuelo le había confesado meses atrás: sobrevivió a aquella misión, fue rescatado, volvió a casa en 1973, se casó con una enfermera llamada Rosa y formó una familia. Ahora estaba muy enfermo y quería verme una vez más. Había guardado una fotografía nuestra, la misma que yo llevaba cada año al monumento, y le había pedido a su nieto que me encontrara. Daniel llevaba semanas siguiendo mi itinerario y logró que su aerolínea lo asignara a mi vuelo.
Cara a cara