Subí al escenario con mi bebé en brazos y escuché las burlas, pero el rector levantó la mano y todos dejaron de reír

Mi madre no miró a Salcedo.

Me miró a mí.

—Valeria, yo puedo explicarlo.

Mateo seguía llorando. Su llanto pequeño llenaba el auditorio más que cualquier micrófono. Lo mecí contra mi pecho, pero mis brazos ya no sentían el peso. Solo sentía el golpe de una pregunta que llevaba años evitando.

—¿Qué firmaste?

Elena cerró los ojos.

El rector hizo una señal al técnico. La pantalla se apagó, pero nadie se movió. Ni las familias, ni los profesores, ni los estudiantes que antes habían susurrado sobre mi bebé.

Salcedo soltó una risa seca.

—Pregúntale por qué conocía el proyecto antes de que tú lo presentaras.

—Tomás —advirtió Alonso.

—No, déjelo —dije—. Quiero escucharlo todo.

El decano se aferró al respaldo de la silla. Tenía el rostro húmedo y el anillo de plata le temblaba en el dedo.

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