—Tu madre vino a verme cuando estabas embarazada —dijo—. Me pidió que te sacara de la carrera. Dijo que estabas agotada, que ibas a abandonar de todos modos.
—Eso no responde lo que firmó.
Elena recogió la carpeta azul. La sostuvo con ambas manos, como si pesara más que Mateo.
—Firmé una autorización para que la universidad gestionara tu proyecto —dijo.
—¿Sin decírmelo?
—Me dijeron que era un trámite para protegerlo. Que tú no podrías pagar el registro y que, si la investigación tenía valor, ellos se encargarían.
Sentí una punzada detrás de los ojos.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
Mi madre miró hacia las filas.
—Porque después Salcedo me enseñó los números. Dijo que tu trabajo podía darte una beca, una plaza, quizá dinero suficiente para que Mateo tuviera una vida distinta. Yo pensé que estaba ayudándote.