Pero Clara empezó a aplaudir. Inés también. Después se levantaron los estudiantes de la última fila, los mismos que habían visto mis ojeras durante dos años y nunca preguntaron por ellas.
Salcedo recogió su teléfono.
—Conozco gente que puede destruirte.
—Ya intentó hacerlo —dije—. Y aun así estoy aquí.
Alonso le indicó que saliera con dos miembros del consejo. No hubo gritos ni esposas ni una escena de película. Solo el ruido de sus zapatos alejándose por el pasillo y el tintineo de su anillo contra la baranda cuando perdió el equilibrio.
Mi madre permaneció frente a mí.
—Perdóname —susurró.
La miré durante mucho tiempo.
Quería abrazarla. También quería preguntarle por qué había creído tan poco en mí. Ambas cosas podían ser ciertas.
—No puedo arreglarlo hoy —dije.
—Lo sé.
—Pero puedes hacer algo.
Elena asintió.