Sentí que el aire se hacía estrecho.
—¿Qué proyecto? —preguntó alguien desde el público.
Salcedo se puso de pie.
—Esto es una confusión. La estudiante cedió los materiales durante sus prácticas.
—¿Cedió su nombre? —preguntó el rector.
El decano no respondió.
Mi proyecto era una fórmula sencilla para conservar medicamentos pediátricos cuando se interrumpía la electricidad. Había empezado a desarrollarla después de que Mateo pasara una noche en urgencias, porque el refrigerador de la clínica se había apagado y varias dosis tuvieron que desecharse. Trabajé con gel de arcilla, sales minerales y una caja aislante hecha con espuma reciclada. No era una maravilla. Pero podía mantener ciertos medicamentos estables durante horas sin gastar electricidad.
Le había entregado los primeros resultados al laboratorio de la universidad. Una semana después, Salcedo me llamó a su despacho.
—Los estudiantes no deben apresurarse a reclamar méritos —me dijo, con la persiana golpeando la ventana—. Deja que los profesores ordenemos el trabajo.