—Valeria —dijo—, ¿qué está pasando?
No pude contestarle. En ese momento, una mujer pequeña, con uniforme azul de mantenimiento, avanzó desde el fondo del auditorio. Llevaba una caja metálica abollada y un manojo de llaves sujeto a la cintura.
Se detuvo frente al escenario.
—Yo sé quién entró al laboratorio aquella noche —dijo.
El rector bajó del estrado y caminó hacia ella.
—Señora Inés, no tiene que hacerlo si no está preparada.
La mujer miró al decano. Después miró la manta de Mateo.
—Estoy preparada desde que me despidieron por guardar una copia.
Salcedo palideció.
Inés colocó la caja sobre una mesa y levantó la tapa. Dentro había un cuaderno manchado de grasa, una llave numerada y un sobre amarillo sujeto con una pinza de madera.
—Esto estaba escondido detrás del conducto de ventilación —dijo—. Y lleva el nombre de la persona que ordenó cambiar la cerradura del laboratorio…