—¡Eso es mío!
—No —respondió Fernanda—. Es de las personas que pagaste para que desaparecieran.
Le arrebaté el libro antes de que pudiera tomarlo. En la primera página estaba la firma de Octavio y, debajo, una frase escrita a mano: “La deuda de Rafael se cubre con el control de sus compañías”.
Sentí que las piernas me pesaban.
—¿Qué deuda? —pregunté.
Fernanda señaló una escritura.
—Hace seis meses, Octavio compró en secreto los pagarés de tus astilleros. Después falsificó un informe médico para declararte incapaz de dirigir el grupo. La transferencia del cuarenta por ciento era solo la última pieza. Quería quedarse con todo.
Mauricio soltó una risa seca.
—Mi padre iba a salvar esas empresas. Tú no sabes lo que cuesta mantenerlas en pie.
—Las estaba vaciando —dije.
—Y tú ni siquiera mirabas. Tu hija firmaba mientras tú jugabas a ser el gran constructor.