Durante unos segundos solo se oyó el golpeteo irregular de una tubería. El guardia de la cicatriz bajó un poco el arma. La muchacha del labio partido se abrazó las rodillas.
Mauricio tragó saliva.
—Todos al puente.
Avanzamos por el pasillo estrecho. Las paredes blancas estaban salpicadas de sangre seca y el olor a desinfectante me revolvió el estómago. Fernanda caminaba apoyada en Valeria. Yo iba detrás de ellas, contando los pasos y observando las manos de cada hombre.
Tomás abrió la caja de navegación con la llave.
Dentro había un libro de cuentas encuadernado en cuero rojo, varias escrituras y una carpeta sellada con cera negra. Fernanda vio el libro y cerró los ojos.
—Ahí están los nombres de las muchachas —dijo—. También las transferencias y las comisiones que Octavio cobraba por cada cuenta creada.
Mauricio se abalanzó sobre la caja.