Subí al yate que regalé a mi hija y encontré una escena imposible; cuando exigí abrir el camarote, Mauricio dejó de sonreír

—Si lo hago sin verificarlo, Octavio alegará que es una fabricación.

Fernanda se acercó al teléfono. Tenía la frente abierta, pero su voz sonó firme.

—Dígale que la página treinta y dos contiene los números de transferencia que solo conocíamos Octavio y yo. Y que la página cuarenta y uno tiene la firma del banco, no una copia.

Mi abogado respiró hondo.

—Lo enviaré.

—No —dije—. Envíelo desde la bóveda digital, con el sello de hora y la lista completa de destinatarios. Quiero que Octavio sepa que ya no puede borrar nada.

Mauricio intentó levantarse. Tomás le puso una mano sobre el hombro y lo hizo sentarse contra el panel de navegación.

—No lo toques —ordené—. Que todos vean lo que hizo.

La patrullera se colocó junto al Valeria. Desde la cubierta, un oficial gritó instrucciones. Los marineros arrojaron la escala y aseguraron el yate. La joven del labio partido empezó a llorar con tanta fuerza que le temblaban los hombros.

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