Subí al yate que regalé a mi hija y encontré una escena imposible; cuando exigí abrir el camarote, Mauricio dejó de sonreír

—¿Nos van a llevar presas? —preguntó.

—No —respondí—. Van a bajar como testigos y víctimas.

El guardia de la cicatriz miró al suelo.

—Yo no sabía que iban a matar a nadie.

—Pero sabías que retenían a las muchachas.

Él cerró los dedos sobre la cicatriz de su barbilla.

—Mi hermana está en una de esas cuentas.

Fernanda lo observó con atención.

—Entonces puedes ayudarla diciendo quién entregaba los documentos.

El hombre levantó la cabeza.

—Lo haré.

Mauricio soltó una carcajada áspera.

—¿Creen que unas cuantas firmas van a destruir a mi familia? Mi padre tiene amigos en todos los ministerios.

—Ya no se trata de tus amigos —dije—. Se trata de que firmaste con tu propia mano.

—Yo no firmé nada.

Fernanda abrió el libro rojo sobre el suelo.

—Página sesenta y ocho.

Mauricio se inclinó para mirar.

Allí aparecía su nombre junto a la cantidad pagada por cada muchacha obligada a abrir una cuenta. En el margen, alguien había anotado sus iniciales y el número del camarote donde se guardaban los teléfonos confiscados.

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