—Eso lo escribió mi padre —dijo Mauricio.
—La tinta es de tu pluma —respondió Fernanda—. La misma que dejaste sobre la mesa con los contratos.
Él se volvió hacia mí.
—Rafael, podemos arreglarlo. Tu hija me ama. Ella puede decir que fue una discusión y tú puedes retirar la denuncia. A cambio, te devuelvo una parte de las empresas.
Valeria dio un paso al frente.
—No vuelvas a hablar por mí.
—Valeria, piensa. Si mi padre cae, todos perderemos.
—Yo ya lo perdí todo cuando te creí.
—Te di una vida.
—Me diste una jaula con vista al mar.
La frase quedó suspendida entre los paneles oscuros del puente.
Yo miré las marcas de sus muñecas. Durante años había confundido los regalos con protección. Le había comprado el yate para que nadie pudiera limitar sus decisiones, y no había visto que el hombre a su lado estaba convirtiendo el lujo en una forma más elegante de encierro.