Subí al yate que regalé a mi hija y encontré una escena imposible; cuando exigí abrir el camarote, Mauricio dejó de sonreír

—Valeria —dije—, hay algo que debes saber.

Ella me miró.

—El yate no está a tu nombre.

Mauricio sonrió, creyendo que por fin tenía una ventaja.

—¿Lo ves? Tu padre también te utilizó.

—Está a nombre de una fundación —continué—. La fundación se creó para proteger los bienes de empleados lesionados en los astilleros. Tú eres la beneficiaria única y la administradora cuando cumplieras treinta años. Hasta entonces, yo conservaba la firma para impedir que alguien te presionara.

Valeria palideció.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque quería darte seguridad. Y terminé dándole a Mauricio una razón para acercarse a ti.

Ella apartó la mirada.

—No puedes arreglarlo todo con una escritura.

—Lo sé.

Fue la respuesta más difícil que había pronunciado en mi vida.

El oficial de la patrullera subió al puente acompañado de dos marinos. Mauricio levantó las manos, pero señaló a Fernanda.

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