—Te pagaré el doble.
—No quiero tu dinero.
—Todos quieren mi dinero.
—Yo quiero que mi hermana vuelva a usar su nombre.
Los marinos se llevaron a Mauricio esposado. Él seguía gritando que Octavio lo sacaría de allí, que nadie podía tocar a un Alcázar, que el yate era suyo porque Valeria había firmado.
Pero sus propias palabras se perdieron bajo el ruido de las sirenas.
En la cubierta, las mujeres fueron cubiertas con mantas y atendidas por paramédicos. La joven del labio partido se acercó a Fernanda.
—¿De verdad podemos contar lo que pasó?
—Sí —respondió Fernanda—. Esta vez habrá copias en demasiadas manos para que alguien las entierre.
Mi abogado volvió a llamar.
—La junta recibió el libro. Octavio está en la sala de reuniones. Dice que todo es una operación de suplantación.
—Ponme en la videollamada.
La imagen apareció en la pantalla del teléfono. Octavio Alcázar estaba sentado en la cabecera de mi mesa de juntas, con su traje oscuro y un bastón de madera pulida apoyado en la rodilla. A su alrededor, los directores miraban documentos impresos.