La última conversación entre ambos todavía regresaba a su memoria de vez en cuando.
—Un día vas a mirar alrededor y descubrirás que construiste una gran empresa, pero olvidaste construir una vida.
Alejandro había pensado que exageraba.
Hasta aquella noche.
Había salido tarde de su oficina después de despedir a sus empleados. Todos se marcharon emocionados para cenar con sus familias.
Él simplemente bajó al estacionamiento.
Entonces escuchó llorar a la niña.
Ahora avanzaba rápidamente por el parque con ella en brazos.
—¿Cómo te llamas?
—Valeria.
—Yo soy Alejandro. Vamos a encontrar a tu mamá.
Valeria enterró el rostro contra su saco.
—No quiero que se muera.
Alejandro sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Al llegar cerca de una estatua de piedra, vio a una mujer tirada junto a una banca.
Tendría poco más de treinta años.