Ella decidió hacerlo.
No porque quisiera destruir la vida de Sebastián, sino porque sabía que aquella agresión no debía quedar reducida a una simple discusión.
Cuando finalmente salió del gimnasio, Leo caminaba a su lado sin decir palabra.
El niño ya no miraba los trofeos.
Miraba sus propios zapatos.
Eso fue lo que más le dolió a Elena.
Al llegar a casa, Marisol los esperaba en la puerta.
Una compañera le había permitido salir del hospital después de enterarse de lo ocurrido.
Había recibido el video.
Cuando vio a su madre, corrió a abrazarla.
—¡Mamá! ¡Por Dios! ¿Estás bien?
—Estoy bien, hija.
—Ese hombre pudo lastimarte.
—Lo sé.
Marisol revisó cuidadosamente el hombro y la espalda de Elena, preocupada por el golpe contra la puerta.
Después abrazó a Leo.
—Mi amor, ¿qué pasó?
El niño trató de responder, pero comenzó a llorar.