—Mamá… ese señor dijo que mi abuelita era una vieja que no merecía entrar. Y dijo que mi disfraz era basura.
Marisol sintió que se le rompía el corazón.
Había pasado noches cosiendo uniformes y remendando ropa para que nunca le faltara nada esencial a su hijo.
El disfraz de Gokú había sido un trabajo compartido entre las dos mujeres.
Leo lo había usado orgullosamente.
Hasta aquella noche.
—Escúchame, mi cielo —dijo Marisol, sujetándole suavemente los hombros—. Tu disfraz es precioso porque lo hicimos con amor. Y nadie tiene derecho a hacerte sentir menos por eso.
—Pero todos se quedaron mirando…
Elena se sentó a su lado.
—Eso es algo que también debes recordar, Leo. Cuando alguien está siendo humillado, quedarse callado puede hacer que esa persona se sienta todavía más sola.
El niño la miró.
—¿Tú no tuviste miedo, abuelita?