Elena tardó unos instantes en contestar.
—Claro que tuve miedo.
Leo abrió los ojos.
—¿De verdad?
—Sí. Tenía miedo de que ese hombre te lastimara. Y también de perder el control y hacer algo de lo que después me arrepintiera.
—Pero tú sabes pelear.
—Precisamente por eso tenía que controlarme.
Elena le tomó las manos.
—Cuando era joven aprendí que cualquiera puede intentar golpear por coraje. Lo difícil es tener la fuerza suficiente para detener una pelea sin dejar que el odio decida por ti.
Leo permaneció pensativo.
Aquella noche se durmió abrazado a su disfraz naranja.
Pero antes le hizo una última pregunta.
—Abuelita, ¿todavía puedo aprender karate?
Elena sintió que se le humedecían los ojos.
—Por supuesto, mi cielo. Solo tenemos que encontrar a alguien que sepa enseñártelo.
A la mañana siguiente, Sebastián recibió una llamada de su padre.