Pero cuando levantó nuevamente la mano para amenazarla, Elena dejó de caminar con dificultad.
Enderezó la espalda.
Separó ligeramente los pies.
Y lo miró con una tranquilidad tan extraña que, por primera vez aquella noche, Sebastián sintió miedo.
Lo que aquel arrogante instructor desconocía era que las manos de esa anciana habían aprendido a dominar hombres mucho más peligrosos que él.
Y estaba a segundos de descubrirlo.
PARTE 2
Sebastián intentó sujetar nuevamente a Elena por el hombro.
No alcanzó a tocarla.
Con un movimiento rápido y preciso, la anciana atrapó su muñeca, giró ligeramente el cuerpo y aprovechó el impulso del joven para desequilibrarlo.
Sebastián cayó sobre el tatami con un golpe seco.
El silencio fue inmediato.
Nadie comprendía cómo una mujer de 67 años acababa de derribar a un instructor de artes marciales que presumía de ser invencible.