Elena permaneció de pie.
No levantó los puños ni celebró.
Simplemente se colocó entre Sebastián y su nieto.
—No vuelva a ponerme una mano encima —advirtió.
Sebastián se incorporó de un salto. Tenía el rostro encendido y respiraba con dificultad.
—¡Me atacaste! ¡Todos lo vieron!
—Todos vimos que usted la empujó primero —respondió una mujer desde las gradas.
Era Gabriela, madre de una alumna de nueve años.
Sebastián la ignoró.
Había algo que le importaba mucho más que la verdad: recuperar su autoridad delante de sus estudiantes.
—¡Esto no se va a quedar así!
Se lanzó contra Elena con un golpe dirigido al rostro.
La anciana se desplazó hacia un costado y controló el brazo extendido. Un instante después, Sebastián volvió a perder el equilibrio.
Esta vez terminó inmovilizado sobre el tatami.
—¡Suéltame! —gritó.
Elena mantenía una presión firme sobre su articulación, suficiente para impedirle levantarse, pero sin lastimarlo innecesariamente.