Sebastián se acercó hasta quedar frente a ella.
—Aquí mando yo. Y no necesito que una vieja como tú venga a darme lecciones.
Un padre intentó intervenir, pero Sebastián levantó la mano para hacerlo callar.
—Si tanto quieren aprender disciplina, empiecen por entender que no todos pertenecen a los mismos lugares.
Elena guardó lentamente su dinero.
—Tiene razón en una cosa, joven. La disciplina es importante. Lástima que usted confunda disciplina con soberbia.
Las risas desaparecieron.
Sebastián enrojeció de rabia.
—¿Qué dijiste?
—Que un cinturón negro no le da derecho a humillar a un niño.
Entonces ocurrió lo impensable.
Delante de todos los alumnos y sus familias, Sebastián puso ambas manos sobre el pecho de Elena y la empujó violentamente hacia la puerta.
La mujer retrocedió hasta golpearse contra el marco de madera.
—¡ABUELITA! —gritó Leo.
Sebastián sonrió, satisfecho.
—¡Eso te pasa por contestarme! ¡Ahora fuera de mi gimnasio!