—Deje de resistirse.
—¡Me vas a romper el brazo!
—Entonces deje de intentar golpearme.
Sebastián comenzó a golpear el tatami con la mano libre.
—¡Ya! ¡Me rindo!
Elena lo soltó inmediatamente.
El joven se apartó sujetándose el brazo, avergonzado y furioso.
Sus dos amigos habían dejado de reír.
Uno de ellos guardó apresuradamente el celular con el que había estado grabando.
Pero había algo que Sebastián todavía no sabía.
Gabriela había transmitido parte del incidente en vivo al grupo privado de padres del gimnasio. Además, otras tres personas conservaban grabaciones desde antes del primer empujón.
—Abuelita, vámonos —susurró Leo, acercándose a Elena—. Ya no quiero aprender aquí.
Aquellas palabras le dolieron más que el golpe contra la puerta.
Elena se arrodilló con cuidado frente al niño.
—Mírame, corazón. Tú no hiciste nada malo.