—Pero él dijo que nosotros no pertenecemos aquí.
Elena le acarició la mejilla.
—Nadie tiene derecho a decidir cuánto valemos por nuestro color de piel o por nuestra ropa.
Desde el suelo, Sebastián soltó una carcajada amarga.
—¡Qué bonito discurso! Pero aquí la única agresora es usted. Voy a llamar a la policía y voy a decir que vino a golpearme.
—Llámela —respondió Elena.
Sebastián pareció desconcertado.
—¿No tiene miedo de que la arresten?
—No tengo motivos para mentir sobre lo que sucedió.
Gabriela levantó su celular.
—Yo tengo el primer empujón grabado. Y también todos los insultos.
La sonrisa de Sebastián desapareció.
En ese momento, un hombre de unos sesenta años, que había observado todo desde el fondo del gimnasio, se levantó lentamente.
Se llamaba Rafael Ortega. Había sido invitado como entrenador de apoyo para aquella exhibición.