Un joven cinturón negro me empujó frente a mi nieto después de insultarme por ser una abuela negra. “¡Lárgate antes de que te dé una lección!”, gritó mientras sus amigos se reían y grababan con sus celulares. Yo solo le advertí que no volviera a tocarme. Pero uno de los testigos reconoció mi nombre y llamó a su padre. Entonces comenzó la verdadera pesadilla del instructor…

Durante varios minutos había permanecido inmóvil, tratando de reconocer algo en la postura de Elena.

No era solamente la velocidad.

Era la forma de distribuir el peso, controlar la distancia y liberar una inmovilización en cuanto el adversario dejaba de representar un peligro.

Había visto aquella técnica muchos años atrás.

Rafael se acercó a la mujer.

—Disculpe… ¿usted se llama Elena Moreno?

Ella lo observó atentamente.

—Así es.

—¿Elena Moreno, de Guerrero? ¿La que estuvo destinada en la zona naval de San Blas?

Elena tardó unos segundos en responder.

—¿Nos conocemos?

El hombre se llevó una mano al pecho.

—No puede ser…

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Maestra Moreno, soy Rafael Ortega. Usted me entrenó cuando yo tenía veintitrés años.

Sebastián miró alternativamente al hombre y a la anciana.

—¿De qué demonios está hablando?

Rafael se volvió hacia él.

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