Un policía me detuvo al salir del hospital, rompió el estetoscopio de mi abuela y exigió dinero para dejarme ir; cuando encontró mi identificación militar, dejó de sonreír, pero todavía ignoraba lo que las cámaras habían registrado durante aquellos minutos

—Le entregué mi licencia. Eso era lo que necesitaba.

Intentó sonreír.

Se acercó a devolverme la cartera como si todo pudiera terminar con aquel gesto.

—Hubo una confusión.

Miré el estetoscopio en el suelo.

Después miré el bolsillo donde había guardado mis seiscientos pesos.

—Entonces espere a que llegue el apoyo y explíquelo.

Me temblaban las piernas.

No era valentía perfecta. Tenía miedo de que se enojara de nuevo, de que intentara llevarme a otro sitio, de que todo lo ocurrido terminara convertido en mi palabra contra la suya.

Pero Diego estaba allí.

La cámara seguía encendida.

Ya no estaba sola.

Los minutos siguientes fueron largos y extraños. Solís habló por su radio, se alejó unos pasos y volvió. Quiso que me subiera al coche.

No lo hice hasta que los agentes que acudieron separaron a las partes y comprobaron la situación.

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