Sofía observó a Valeria.
Las dos niñas tenían casi la misma estatura.
Mariana cerró los ojos por un instante.
Había pasado tres años rechazando cualquier cosa que pareciera caridad.
No por orgullo.
Por miedo.
Miedo a acostumbrarse a depender de otros.
Miedo a sentirse incapaz de cuidar de su hija.
Miedo a que Sofía algún día pensara que su madre no había podido sola.
Pero entonces miró su carrito casi vacío.
Y recordó a Sofía diciendo que podía renunciar a su regalo.
—Solo el pavo —dijo finalmente.
Alejandro asintió.
—Solo el pavo.
Valeria sonrió.
Diez minutos después, estaban en la caja.
Mariana colocó sus productos sobre la banda.
Alejandro puso el pavo detrás.
Luego añadió una bolsa de papas.
Mariana lo miró.
—Dijo solo el pavo.
—Las papas son responsabilidad de mi hija.
Valeria levantó las manos.