—El pavo.
Mariana sintió que se le calentaba el rostro.
—No. Lo dejé a propósito.
—Entiendo.
Hubo un silencio incómodo.
Mariana sujetó con fuerza el asa del carrito.
—Gracias de todos modos.
Iba a marcharse cuando Alejandro habló otra vez.
—Permítame comprarlo.
Mariana se quedó quieta.
—¿Perdón?
—El pavo.
Ella negó inmediatamente.
—No, señor. Muchas gracias, pero no.
—De verdad, no es ningún problema.
—Para mí sí.
Alejandro no esperaba aquella respuesta.
Mariana tomó la mano de Sofía.
—Aprecio la intención, pero no puedo aceptar que un desconocido pague nuestra compra.
Valeria miró a su padre.
Después miró a Mariana.
—Mi papá tampoco la conoce —dijo con total seriedad—, pero yo vi que estaba triste.
Mariana no supo qué responder.
Valeria continuó:
—Y es Navidad.
Alejandro bajó la cabeza intentando ocultar una sonrisa.
La niña se acercó un poco.
—Mi abuela dice que cuando tienes más comida de la que necesitas, puedes compartir.